23 de marzo de 2026
12 min

Cómo las experiencias tempranas moldean tu sistema nervioso, tu forma de sentir y de vincularte

Cómo las experiencias tempranas moldean tu sistema nervioso, tu forma de sentir y de vincularte

Una de las cosas que más aparece en el trabajo terapéutico es la distancia entre lo que una persona entiende sobre sí misma y lo que su cuerpo sigue haciendo. Alguien puede saber, con total claridad, que su pareja no la va a abandonar y aun así sentir ansiedad cuando no le responde un mensaje. Otra persona puede saberse a salvo en determinada situación, y sin embargo sentir un miedo descontrolado. Otra un profundo enojo aún sabiendo que eso que está pasando no tiene nada que ver con ella misma. Otra entender que equivocarse es parte de cualquier proceso y aun así quedar paralizada frente a cualquier posibilidad de error.

Las respuestas que más generan malestar hoy no son errores ni debilidades. Son soluciones. Soluciones que el cuerpo encontró mucho antes de que hubiera palabras para entender lo que estaba pasando.

Lo que vivimos en los primeros años de vida también deja aprendizajes en el sistema nervioso. Y ese sistema, muchas veces antes de que podamos pensar lo que está pasando, ya evaluó si algo es seguro o peligroso y activó una respuesta.

Por qué un bebé necesita de otro para calmarse

Un bebé humano no puede regular sus estados internos por sí solo. Cuando llora, no cuenta con herramientas propias para volver a la calma debido a que su sistema nervioso aún no termina de desarrollarse. Necesita que alguien esté ahí, que lo sostenga, que lo mire, que le hable con un tono tranquilo, que lo abrace.

Ese adulto no solo está dando afecto. Está cumpliendo una función biológica fundamental: ayudar a que el sistema nervioso del bebé pase de un estado de activación (llanto, tensión, agitación) a un estado de calma.

A este proceso se lo conoce como co-regulación. Y es, literalmente, el primer aprendizaje de regulación emocional.

Cuando ese adulto responde de forma suficientemente predecible y tranquila, el cuerpo del bebé empieza a registrar algo muy importante: que los estados intensos pueden disminuir. La respiración se vuelve más regular, el ritmo cardíaco baja, la tensión muscular cede. Con el tiempo, estas experiencias repetidas se internalizan y dan lugar a la autorregulación, es decir, la capacidad de calmarse por uno mismo.

Pero cuando esa presencia no está, o aparece de manera impredecible, o incluso genera miedo, el aprendizaje es distinto. El sistema nervioso no logra completar ese ciclo de activación y calma. A veces queda en un estado de activación sostenida, otras veces aprende a "apagarse" como forma de defensa.

Esto no es una elección consciente. Es la manera en la que el organismo se adapta para poder sobrevivir.

Los tres modos del sistema nervioso autónomo

El sistema nervioso autónomo es el encargado de regular de manera automática e inconsciente las funciones del cuerpo (la frecuencia cardíaca, la respiración, la digestión, la respuesta inmune, etc). Su función principal es mantener el equilibrio interno del organismo y prepararlo para responder ante las demandas del entorno.

Según la teoría polivagal de Stephen Porges, funciona en tres grandes modos:

Modo lucha/huida: Cuando el sistema nervioso detecta una amenaza, activa su rama simpática: el corazón late más rápido, la respiración se acelera, los músculos se tensan. El cuerpo se prepara para enfrentar o escapar. Ejemplo: el auto de adelante frena de golpe. Antes de que puedas pensar algo, tu pie ya pisó el freno, el corazón se te disparó y los músculos se tensaron.

Modo calma y conexión: Cuando el entorno es percibido como seguro, se activa la rama parasimpática. Es el estado que permite relajarse, pensar con mayor claridad, vincularse con otros y estar presente. Ejemplo: tomando algo con alguien de confianza, sin apuro, sin urgencias. La conversación fluye, te reís, podés escuchar y ser escuchado. El cuerpo está presente y distendido.

Modo colapso: Cuando la situación resulta abrumadora o imposible de manejar, puede aparecer un tercer modo (también parasimpático, pero de una naturaleza diferente). Allí predominan la desconexión, el cansancio extremo y una sensación de "baja de energía" generalizada. No es calma: es el cuerpo que se apaga como último recurso. Ejemplo: llevás semanas sosteniendo una situación de mucho estrés, ya sea laboral, vincular, o ambas. Un día te levantás y no podés. No hay angustia ni agitación, solo vacío. Te cuesta hablar, moverte, decidir.

Un sistema nervioso flexible puede moverse entre estos estados según lo que la situación requiere. Pero cuando hubo experiencias tempranas difíciles, es más probable que el sistema se rigidice y tienda a quedarse "enganchado" en alguno de estos modos, incluso cuando ya no es necesario.

Heridas tempranas: cuando el entorno no alcanza

De niños necesitamos que los adultos que nos cuidan nos generen la ilusión de que el mundo es un lugar seguro, y así nos animen a explorarlo y experimentarlo con confianza. Las llamadas heridas emocionales tempranas no suelen ser eventos aislados, sino patrones repetidos en los que el niño no pudo recibir lo que necesitaba para desarrollarse con sensación de seguridad. Una forma de organizar y nombrar estos patrones es a través del modelo de las heridas emocionales de Lise Bourbeau (un modelo con fines principalmente divulgativos, que no cuenta con el respaldo empírico de otros enfoques clínicos, pero que muchas personas encuentran útil como punto de partida para reconocerse).

Herida de abandono: Cuando hay ausencia o una disponibilidad emocional muy irregular, el cuerpo aprende que estar solo puede ser peligroso. El sistema nervioso se vuelve especialmente sensible a las señales de distancia, activando respuestas de alerta ante separaciones o respuestas ambiguas. En la adultez, esto puede traducirse en ansiedad cuando alguien no responde, necesidad de contacto constante o, en el otro extremo, evitación como forma de no sentir esa dependencia.

Herida de humillación / vergüenza: En contextos donde predominan la crítica, la burla o la exigencia excesiva, el cuerpo registra que hay algo defectuoso o inadecuado en uno mismo, y la emoción predominante pasa a ser la vergüenza. Con el tiempo, esto puede expresarse como perfeccionismo, miedo intenso a equivocarse o bloqueo frente a la exposición. La mirada del otro deja de ser neutra y pasa a vivirse como potencialmente amenazante.

Herida de negligencia emocional: También existen historias donde no hay maltrato evidente, pero sí una ausencia de conexión emocional. Nadie le pregunta al niño cómo está, qué le pasa, nadie le valida lo que siente. Si se golpea y llora, "vamos arriba dale, no seas llorón, seguí". En estos casos, el sistema nervioso aprende a desconectarse de la propia experiencia interna, como si lo que uno siente no tuviera relevancia. En la vida adulta esto puede verse como dificultad para identificar lo que uno siente o desea, o para pedir ayuda. Muchas veces son personas que funcionan muy bien hacia afuera, hasta que el cuerpo colapsa y aparece un malestar que no comprenden de dónde viene.

Herida de traición: Cuando las figuras de cuidado no resultan confiables debido a promesas incumplidas, imprevisibilidad o falta de protección, el sistema nervioso aprende que la cercanía no garantiza seguridad. Esto suele dar lugar a estados de hipervigilancia en los vínculos, donde la persona intenta anticipar lo que puede pasar para no ser lastimada. En la adultez, esto se traduce en dificultad para confiar, necesidad de control y un estado de alerta sostenido en las relaciones.

Herida de injusticia: En entornos donde el valor personal está fuertemente asociado al rendimiento, y donde predominan la exigencia y la comparación, el cuerpo aprende que hay que demostrar constantemente que uno vale. Esta asociación entre valor personal y desempeño se sostiene en el tiempo, generando autoexigencia elevada, culpa al descansar y un estado de estrés que se vuelve casi permanente.

Estilos de apego: formas de vincularse y regularse

A partir de estas experiencias se van configurando distintas formas de vincularse con otros y con uno mismo, lo que conocemos como estilos de apego, un concepto desarrollado por John Bowlby y respaldado empíricamente por la investigación de Mary Ainsworth.

Cuando hubo suficiente disponibilidad y consistencia, suele desarrollarse un apego seguro. En ese caso, la persona puede confiar en otros, pedir ayuda cuando la necesita, regular sus emociones con mayor facilidad y recuperarse del estrés.

Cuando depender de otros fue vivido como algo riesgoso, puede aparecer un apego evitativo. Son personas que tienden a minimizar lo que sienten, les cuesta apoyarse en otros y suelen mostrarse autosuficientes, aunque muchas veces acaban acumulando tensión interna.

Si la experiencia fue de vínculos inestables, donde a veces había respuesta y otras no, es frecuente que se desarrolle un apego ansioso. Aquí predomina el miedo al abandono, el sobrepensar las relaciones y la dificultad para calmarse.

Y cuando la misma figura que debía brindar seguridad también generaba miedo, puede aparecer un apego desorganizado. En la adultez esto se traduce en respuestas contradictorias, dificultades para confiar y cambios bruscos entre estados de activación (modo lucha/huida) y desconexión (modo colapso), con dificultad para activar el modo calma.

El radar interno: la neurocepción

Otro aporte de Stephen Porges es el de neurocepción, un mecanismo de evaluación permanente de nuestro sistema nervioso que opera por fuera de nuestra voluntad y a una velocidad que supera al pensamiento. Es lo que pasa cuando entrás a una habitación y algo en vos se tensa antes de saber por qué, o cuando una mirada, un tono de voz o un silencio dispara una reacción que después te cuesta explicar. Este radar interno no evalúa la situación tal como es hoy, sino que la compara con todo lo que el cuerpo aprendió antes.

Para cerrar

Tu forma de reaccionar hoy tiene sentido si se la mira en contexto. Muchas de las respuestas que generan malestar fueron, en su momento, formas de protección. Algunas personas tienden a la lucha: intentan controlar, se vuelven exigentes o reaccionan con irritabilidad. Otras se inclinan hacia la huida: aparece la ansiedad, el sobrepensamiento o la evitación. También está la complacencia, donde la prioridad pasa a ser agradar para no perder el vínculo. Y en otros casos predomina el colapso, con desconexión, falta de energía o sensación de estar "apagado". Nada de esto es un defecto. Son estrategias que en algún momento tuvieron sentido.

El cambio es posible, pero no alcanza solo con entenderlo. Ocurre cuando el sistema nervioso empieza a tener experiencias distintas: donde hay seguridad, donde es posible expresarse sin ser castigado, donde la activación encuentra un camino de regulación. El trabajo terapéutico apunta justamente a eso: comprender de dónde vienen estas respuestas, identificar qué las dispara en el presente y generar condiciones para que el cuerpo pueda aprender que hoy el peligro ya no es el mismo. No es un proceso inmediato ni lineal, pero sí posible.

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